Verdaderas creyentes en Jesús

Nos gustaría pensar que eran verdaderas creyentes en Jesús, que lo aceptaron como Mesías y lloraban por él porque lo amaban como su Señor y Salvador.
Pero la evidencia indica que simplemente lloraban por el drama y la emoción del momento.
Es posible llorar hoy, si se presiona el botón indicado del sistema nervioso. Las lágrimas pueden fluir y luego dejar de hacerlo, y la persona permanece igual. Tal vez es por eso que Jesús les dijo:
“No lloren por mí, lloren por ustedes mismas y por sus hijos”.

El trata de ir más allá de la emoción del momento, hacia la verdadera necesidad de sus corazones.
De repente, tu ves al tercero de los discípulos que faltaban.
Es Juan el discípulo que siempre ha estado allí, al lado de Jesús. El no ha abandonado a Jesús en el tiempo de crisis.
Está apoyando a María, la mamá de Jesús, en el momento que más lo necesita. Es posible que Juan hubiera llevado la cruz de Jesús si no hubiera emprendido esta otra tarea.
Ahora camina con Maria mientras ella avanza lo más cerca que puede de su Hijo.
Tú observas a Maria unos momentos. Su rostro está cubierto de lágrimas. Se recarga sobre Juan, en busca de apoyo, pero sigue con determinación las pisadas de su Hijo amado.
Tal vez este recordando aquel día cuando se le apareció el ángel con el mensaje de que pronto le nacería un hijo.
Tal vez aflora a su mente cuando era un niño de ocho años, con un rollo de las Escrituras debajo del brazo, que se dirige hacia las colinas temprano por la mañana para pasar unos momentos de comunión continua con su Padre celestial.

Tal vez recuerda el día cuando él cierra la carpintería, se despide de ella con un beso, y sale en una extraña misión.
Quizá recuerde, con el corazón quebrantado, sus palabras que profetizaron este evento.
Tal vez recuerde las palabras de Simeón en el templo: “Este está puesto para caída y para levantamiento de muchos en Israel, y para señal que será contradicha y una espada traspasará tu misma alma” (Lucas 2:34, 35).
En este instante, la espada penetra dolorosamente.
Pero por todo el camino, observas más a Aquel cuya cruz cargas sobre tus hombros.

Se te deshace el corazón al ver la intensa agonía que sufre.
Puedes ver su paso inseguro, su forma encorvada, sus gotas de sangre que fluyen sin cesar.
Puedes ver la mirada de paz y aceptación aun entre tanto dolor.
Puedes ver su disposición a recorrer el camino del Calvario.
Los ladrones luchan y tratan de escapar. Los soldados deben vigilarlos diligentemente y mantenerlos en línea.
Pero éste, cuya cruz tu llevas, es diferente. El camina por su propia voluntad, aun cuando sólo puede poner un pie frente al otro.
Tú no puedes menos que mirar y maravillarte hasta llegar al destino final.
Los soldados romanos tuvieron que dominar a los ladrones para colocarlos sobre su cruz. Pero Jesús humildemente se somete, se acuesta y estira los brazos sobre la cruz mientras los soldados van en busca del martillo y los clavos.

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