Una pausa en la historia

En este momento me gustaría hacer una pausa en la historia.
Me gustaría preguntarte si alguna vez te han obligado a llevar una cruz.
¿Eres un miembro de iglesia de segunda, tercera o cuarta generación, cuyos padres y abuelos te han obligado a llevar la cruz?
¿Eres un joven proveniente de un hogar cristiano a quien obligan a llevar la cruz?


¿Eres un obrero, ya sea maestro, ministro u otro profesional, que con el deseo de retener tu empleo, te sientes obligado a llevar la cruz?
Me gustaría recordarte que no todo es negativo.
Por favor, no pierdas de vista las bendiciones de Simón al continuar con la historia.
Tú sigues cargando la cruz hacia el Calvario, y comienzas a mirar a la gente de la multitud.
Los sacerdotes y dirigentes se han confabulado con lo más bajo de la sociedad, insultando y mofándose de Jesús en su misma cara.
Abuchean y gritan como el resto de la gentuza.
Los soldados con sus látigos y espadas siguen tratando de mantener a la procesión en marcha, aunque notas que frecuentemente uno de ellos se da vuelta para mirar a Jesús y no le quita la mirada de encima.
La turba está compuesta mayormente por ese tipo de personas que gustan de las emociones fuertes, sin importarles la fuente.
Son de los que pueden formar parte de la procesión triunfal un día, gritando “¡Hosanna al Rey!”, y luego unirse a otra gritando “¡Crucifíquenle!”, sólo porque es popular hacerlo.
Son los que siempre se identifican con las corrientes populares.
No piensan por ellos mismos, simplemente siguen voces, y se unen a ellas para gritar más fuerte en un momento dado.
Hay algunos que fueron sanados por Jesús, lo cual comprueba que se requiere más que un milagro para convertirse de corazón.
Algunos llevaron a sus seres amados a Jesús y recibieron la ayuda que él jamás rehusó darles.
Pero ahora, simplemente forman parte de la turba, se pierden en la muchedumbre.
La procesión se detiene.
Cerca de allí hay un grupo de mujeres, mujeres con una naturaleza sensible. Mujeres de cuyos ojos fluyen lágrimas espontáneamente cuando se enfrentan al dolor y la tristeza.
Pareciera que estas mujeres son las únicas en las cuales Jesús se fija.
Se detiene a conversar con ellas.

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